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Lunes, 01 de Abril de 2013 11:06

Del desierto a Ouarzazate por las gargantas

Me despierto a las 6:45. Creo que no me da tiempo de ver la salida del sol, pero me levanto igualmente. Aún somnoliento, abro la puerta de nuestra habitación, que da a una espectacular terraza que ocupa todo el tejado de la kasbah. Lo que veo ante mis ojos me despierta en décimas de segundo. El sol hace poco que ha salido, y se oculta en una pequeña nube sobre el horizonte. Un horizonte mágico. De arena rojiza. El impresionante Erg Chebbi ya estaba ayer cuando llegamos, pero ni lo intuimos. Enormes dunas de suaves curvas abrazan pequeños grupos de palmeras aquí y allá. El silencio reina en el ambiente y la temperatura comienza a subir rápidamente. Estamos en la puerta del desierto.

Hoy pasaremos el día con Eduard López. Decidió cambiar su piso de Barcelona por una pequeña casa aquí justo cuando acabó su espectacular viaje a Ciudad del Cabo en moto. Ride to Roots. En aquel viaje quería viajar a las raíces de la humanidad, volviendo a lo más básico y sin cosas superfluas que desvirtúen todo. No sé si lo consiguió en su viaje. Pero después de pasar un día entero con él y Simona, estoy seguro de que ahora lo han conseguido. Y me dan envidia.

Quedamos a primera hora en la gasolinera de la zona, punto de encuentro de cientos de 4×4, quads y motos de los europeos que vienen a este lugar a desfogarse. Espero al menos que respeten el ambiente y el paisaje. Hacemos una ruta corta y facilona por la zona, hasta el lago Jasmine, que resultó que no suele tener agua. Primer contacto con la arena. Dos personas en una GS 1200 no es la mejor manera de aprender, pero gracias a los consejos de Eduard pude salvar cada vez con mayor destreza los pequeños bancos de arena.

La Baraka, el lago Jasmine,… Justo en el borde de las dunas, que se muestran altivas, y por qué no, algo desafiantes. Es de personas inteligentes saber dónde está el límite. Y yo sé dónde está el mío. Justo aquí, a pie de duna.

La comida y el té transcurrieron entre charlas y cambios de impresiones. Sin prisas, como se hacen las cosas en el desierto. Hasta que el sol se puso. Fue el momento de ver la nueva kasbah y de escuchar las explicaciones de Simona y Eduard sobre su acondicionamiento. Nuevamente me dieron una envidia muy sana.

El trayecto por pistas de noche hasta el hotel nos dio una nueva dosis de aventura. Seguir la pista correcta a oscuras se antoja imposible a pesar de seguir el track del Garmin. Casi lo conseguimos. Solamente a quinientos metros del objetivo decidí marcarme una “ruta creativa” por una pista demasiado arenosa para nuestro gusto. Ese chute de adrenalina hizo que saboreáramos más si cabe el estupendo plato de nombre difícil de recordar que nos prepararon en nuestra kasbah.

Tengo un sexto sentido para despertarme cuando toca sin tener que usar ningún despertador. 06:05. Justo la hora en la que el sol comienza a desperezarse tras las dunas de Merzouga. Despierto a Belén. En silencio, apoyados en una de las almenas de nuestro castillo particular, vemos cómo amanece.


La ruta hasta las gargantas de Todra y Dades atraviesa un terreno extremadamente árido y seco. Pequeñas montañas de negras rocas y alguna que otra tímida duna de arena desaparecen rápidamente en el retrovisor. De tanto en tanto cruzamos algunos pequeños pueblos, donde la gente trabaja en la supuesta acera. Herreros, carniceros o carpinteros sacan sus trabajos al fresco, a la luz. A pesar de ser domingo. A las afueras, cientos de niños alzan sus manos esperando únicamente que les devolvamos el saludo.

Llegamos a Tinghir, el pueblo de donde nacen las gargantas del Todra. Encaramado al risco, observa a sus pies las frondosas veredas del río, escondido entre enormes palmerales. Casi invisible, la carretera se va introduciendo literalmente en las montañas, que forman paredes gigantescas a ambos lados del penoso asfalto. Al lado el río Todra, de no más de un palmo de profundidad, sirve de refresco a cientos de marroquíes que han decidido pasar el domingo allí. Tras un par de kilómetros, los puestos de artesanía y la gente desaparece, y nos quedamos solos con la garganta que durante varias decenas de kilómetros va jugando con la carretera, llevándola a derecha e izquierda.

Desandamos el camino muy a mi pesar. Existe una pista que conecta ambas gargantas, la del Todra y la del Dades, pero hoy debemos llegar a Ouarzazate, que aún está lejos. Las gargantas del Dades tardan en aparecer. Solamente el palmeral de su lecho nos garantiza que vamos en la ruta correcta. Después de observar las curiosas formaciones rocosas llamadas “los dedos de mono”, encontramos las gargantas. El valle se estrecha y la carretera comienza a zigzaguear para ascender por la escarpadísima ladera rocosa. Tras unos cuantos “tornanti” llegamos arriba. Desde allí, la vista de la carretera es muy efectista. Y es tampoco hay tantas curvas, pero todas las que hay, se ven desde allí.

El camino hasta Ouarzazate es pesado y tedioso. Múltiples pueblos ralentizan la marcha, mientras cientos de puestos a pie de carretera venden agua de rosas, típica de la zona. En algunos momentos se puede incluso percibir la fragancia a rosas. La carretera ha ganado en autenticidad. Los preparadísimos 4×4 del desierto de Merzouga, la mayoría españoles, dejan paso a desvencijados Mercedes con mil y un remiendos.

El sol se pone tras las altas montañas del Atlas justo cuando llegamos a la ciudad. Ouarzazate suena a leyenda. Espero descubrirla al anochecer

Camino a Dempster, casi 1.500 kms. de ruta para llegar al Círculo Polar Artico.

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 Alicia Sornosa llega a la ciudad de Valdez acompañando a el escritor Miquel Silvestre junto con otros tres viajeros, que han querido homenajear el pasado explorador español. Fernando Quemada, quien será el primer español en recorrer íntegros los cinco continentes en un solo viaje, y Domingo Ortego, barcelonés que ha unido Miami y Vancouver en 8 días para unirse al final de la REO y recorrer junto a tan experimentados motoristas la colosal geografía del cuadragésimo noveno estado de la Unión, conocido como "La última frontera".


Tras un año de viaje el escritor pone punto final a su Ruta de los Exploradores Olvidados Alaska. Durante doce meses, ha alcanzado sobre su BMW Cabo Norte para recordar a Al Ghazal, embajador de Abderraman II a los vikingos en el siglo IX; Budapest, por el recuerdo de Ángel Sanz Briz, diplomático español que salvó 5.200 judíos del Holocausto. Junto con la periodista Alicia Sornosa recorrió Etiopía, para encontrar la tumba de Pedro Páez, jesuita que descubrió las Fuentes del Nilo Azul; India, para visitar en Goa el sepulcro de San Francisco Javier, misionero en Asia. Después en solitario de nuevo viajó a Nepal para rendir homenaje a Iñaki Ochoa de Olza, alpinista fallecido intentando el Annpaurna.  También se ha convertido en el primer español en llegar en moto a Filipinas para recordar a Magallanes, muerto allí en 1521.Desde Manila saltó a Canadá y recorrió las islas de Vancouver y Galiano, nombrada así en honor a Dionisio Alcalá-Galiano, primer europeo que recorrió el Estrecho de Georgia.

No han faltado las dificultades, los animales salvajes, los problemas técnicos y un clima terrible. Todos han necesitado ayuda de todos. Por eso el final de la Ruta de los Exploradores Olvidados es un logro colectivo que representa un ejemplo de compañerismo. Como afirman desde Anchorage Alicia Sornosa y Miquel Silvestre:

“Terminar la REO con Miquel ha sido un orgullo, hemos hecho historia, pero sobretodo ha sido un placer, cuatro amigos disfrutando de una ruta muy especial, de los inmensos paisajes y echándonos una mano antes las dificultades del camino, ha sido muy divertido y reconfortante”

“Trabajando codo con codo es como se alcanzaron los grandes hitos de la exploración. Sin un equipo compenetrado, jamás Elcano habría completado la vuelta al mundo, Miguel López de Legazpi fundado Manila, ni Núñez de Balboa descubierto el Pacífico. Entre todos hemos conseguido hacer cumbre en Valdez para rendir homenaje a estos héroes y al hacerlo trabajando en común nos hemos convertido en exploradores, pero también en algo mucho más importante: en amigos”


Así la periodista y viajera cumple con una parte del viaje, finalizar junto al escritor, con quien comenzara esta Vuelta al Mundo, la Ruta de los Exploradores Españoles. Ahora tomará rumbo a la costa este para continuar su periplo hacia América del Sur.

 

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La aventurera madrileña acaba de llegar a la capital de la Argentina, Buenos Aires.

Alicia Sornosa ha dejado aparcada su BMW F 650 GS en New York y se ha venido a España en avión haciendo un alto en el camino para asistir al BMW Motoriders en Formigal.

Alicia Sornosa y Miquel Silvestre reanudan su viaje por todo el Mundo desde Alaska y nos presentan a amigos conocidos en este viaje que también están dando la vuelta al Mundo...

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Como decíamos, Alicia Sornosa sigue con su vuelta al Mundo, solo que ésta vez le ha tocado pasar por encima del terremoto de Guatemala.

Viernes, 25 de Mayo de 2012 19:36

El otro color del oeste americano

De Arizona a ...

Llevo viajando desde septiembre de 2011 y me han pasado muchas cosas.
Algunas he sabido expresarlas con letras, mediante golpecitos de los dedos sobre el teclado, otras veces no he sido capaz y algunas no quería contar lo que realmente pasaba…cosas de cada uno.

Mi periplo por EEUU ha terminado por ahora. He llegado a Canadá y espero pacientemente un cambio de mis Continental TKC 80, que ya están gastadas. Mientras tanto, pienso en las últimas personas que conocí. Pienso en la parte del viaje de en el Grand Canyon.

Hacia la reserva India

Llegar hasta una reserva india en Colorado no es fácil, quiero decir que no es sencillo hacerlo en moto. Desde las Vegas puedes coger un helicóptero, que por menos de 120 dólares te lleva volando, te pasea por el aire entre las gigantes paredes del cañón y te devuelve a tu hotel en la ciudad de las luces de colores y los falsos edificios.

De pie se ven mejor los baches

Como digo, no es fácil llegar hasta esta parte del Cañón con la moto. La cosa empieza bien, un bonito paseo por carreteras de tercera, en una aburrida, firme y previsible línea recta. La montaña de piedra está al fondo, todo el rato. Parece que se aleja en vez de acercarse. Es un raro efecto óptico. De pronto un cruce, un cartel…llevaba más de tres kilómetros, según mi navegador, circulando por la nada. Veo el cartel, me hago la foto de rigor y… ¡desaparece el asfalto!

En la puerta del Grand Canyon

Es divertido, de pronto estoy de nuevo en África o mejor, en India. El montón de gravilla y tierra se acumula en finas bandas a ambos lados del trazado. Me pongo de pie sobre las estriberas y procuro no meterme entre estas suaves líneas donde las piedrecitas escasean. No me apetece caer al suelo pero la rueda de detrás patina mucho y eso que este es el lado “limpio”.
_Esto es una tontería, pienso, mira que si me caigo aquí en medio de este camino sin asfaltar_

Continúo, quedan unas 20 millas para llegar a la reserva, la cosa promete. Subidas, bajadas y curvas reviradas en una pista ancha, pero llena de la maldita gravilla. Comienzan a adelantarme unos coches, me dejan una bonita nube de polvo, no veo ni torta. Ahora entiendo no ver ninguna moto más en el camino, con una Harley ir por aquí es imposible.

EL Grand Canyon

Tras 30 minutos largos de pista, llego al asfalto. Al fondo veo un guardia, antes de llegar a él, leo un cartel:
“no alcohol, no armas” (Glup)
Paso la primera barrera con un nuevo asfalto bajo mis ruedas. Me indican donde aparcar en una enorme esplanada de asfalto, rodeado de helicópteros que despegan y aterrizan constantemente. Al fondo una gran carpa blanca. Esto me empieza a no gustar.

Indio de la reserva

Me indican que tengo que pasar por el “centro de visitantes”, toma ya, esto es USA. El centro dispone de restaurante, tiendas y unos enormes mostradores para sacar el ticket. Dependiendo de la modalidad de tu recorrido pagas desde 47 a 180 dólares, elijo el más barato y me suben a un autobús, “nonono”, esto no lo tenía yo pensado así.

El río Colorado

El bus hace tres paradas. En la primera ves “el águila” que si, lo ves y “el perro dormido” que no, no lo ves (y mira que yo he jugado a ver cosas con las nubes). En la segunda puedes pagar más para pasear sobre una terraza suspendida en el aire con el suelo de cristal, pero no puedes entrar ni con el móvil, por lo que te hacen ellos la foto que tú luego incauto bolsillo andante, pagas.
Increíble el paisaje, el Cañón, el río y las terracitas con papeo que ofrecen al turista. En la tercera parada, un precioso meandro con unas vistas increíbles, donde da más vértigo asomarse de todo el recorrido. En esos moentos te das cuenta de cómo debió ser esto. Por el río, como hormigas, se ven unas canoas (eso si me gusta).

Helicóptero de la TV

De pronto nos echan de allí, dos vigilantes nos piden que abandonemos el lugar, vienen unos de TV a grabar un spot, con helicóptero, cámaras, vestuario… Subo al autobús, por cierto, todos me miran raro desde que llegué a este lugar. Por fin averiguo de qué es: mis pantalones de la moto. Me lo preguntan unos chinos, luego el vigilante del parking de autobuses, ¿se extrañan al no verme en vaqueros?.. jajaja, creando tendencia en los “yueseis”. Tras las risitas con los chinos, me pongo a pensar. Recuperar los 47 dólares puede estar bien…
De vuelta al centro de visitantes me paso por las cajas. Me voy a quejar de no poder pasar le tiempo que necesitaba para ver la última visita, la del meandro. Me devuelven el dinero (sin las tasas, eso si) para estas cosas me encanta EEUU.

En la pista saliendo de la reserva india

Cojo mi moto y vuelta a tragar polvo, ahora me adelantan varios gigantescos 4×4 pick-up y un autobús. Tengo que parar hasta que baje la nube de polvo, no veo nada. Cuando estoy más concentrada en mi conducción, oigo un coche que se pone al lado y grita:
_ ¿Españolaaa?_ tan solo puedo asistir con la cabeza.
Es un grupo de amigos que me esperan a la salida de la pista. Van con un 4×4 y dos Harleys que han dejado allí. Me uno al grupo. Antonio, que viene conmigo, también. Decidimos ir a tomar unas cañas, pero es imposible no hay alcohol en este pueblo. Al día siguiente salgo con ellos para hacer la Ruta 66.

Aaliendo de Colorado, Nevada

Antonio es un buen amigo, nos conocemos desde hace años y hemos coincidido en EEUU, ha tenido el detalle de acercarse hasta donde yo estaba y hacerme unas cuantas fotos por el camino. El grupo de gente que he conocido me acompañan por un tramo de la Ruta 66 son geniales, andaluces, un mallorquín y un suizo afincado en España. Charlamos del viaje, de su encuentro, de trabajo… Y me dejan con la boca abierta. Se ofrecen para echarme una mano en el viaje de vuelta a EEUU, cuando regrese de Alaska.

Grupo de amigos españoles en plena Ruta 66

Estas cosas son las que me hacen ver que la gente es buena, que las personas estamos siempre dispuestas a ayudar, que no nos importa mojarnos en las cosas que nos dan vida, en lo que nos gusta…y que ayudar a cumplir sueños es casi como cumplirlos nosotros mismos. Pero toda la buena compañía se acaba marchando y así sucedió.
De pronto estábamos mi amiga sombra y yo de nuevo en la carretera.

Monument Valley

Llegar al Valle Monumental o Monument Valley, te vuelve a dejar con la boca abierta (menos mal que en esta época no hay moscas). Es increíble lo que la naturaleza ha formado durante miles de años, creo que no somos conscientes encerrados en nuestras ciudades, de lo que tenemos alrededor. Tras rectas interminables me adentro entre las enormes rocas esculpidas por Eolo.

No me extraña que los indios Apaches creyeran que este lugar es sagrado, lo es. Pero mi primera mala noticia llega enseguida, aparco en el hotel y me dicen que no se vende ni bebe alcohol en todo el valle. Adiós a mis cervecillas nocturnas. Al día siguiente decido hacerme unos buenos 500 km, mínimo de camino, tengo que cruzar tierras desérticas y puebluchos olvidados. Aquí sufro el primer susto gordo desde que estoy viajando sola.

Otro paisaje de Monument

Me encuentro en una recta en medio de la nada. Nada a la derecha, nada a la izquierda, solo polvo tierra y alguna piedra medio pulverizada por los cambios de temperatura, el calor y el viento. Voy sentada, escuchando música por el comunicador de mi casco de BMW. De vez en cuando me pasa algún camión gigante, un todo terreno gigante o un coche gigante. Aquí, todo es grande. El viento comienza a soplar y noto como la moto reduce su potencia, creo que es del viento. Reduzco el puño, acelero y cuando llego a 3.000 r.p,m un nuevo tirón, esto no es del viento. Repito la operación controlando la aguja de las revoluciones, efectivamente, a tres mil la moto se “ahoga”. Paro en el arcén. Apago el motor. Arranco y en punto muerto acelero. No pasa nada, todo bien. Monto y salgo. cuando paso a tercera, sucede de nuevo, el tirón y la pérdida de potencia. Me empiezo a acojonar, no es muy pronto y hace un buen rato que no pasa ni el Tato. Paro, huelo, reviso todos los cables con la linterna, compruebo que no haya nada suelto. Abro el depósito, muevo la moto, tengo gasolina. La muevo un poco más. Arranco y subo. Todo OK. Uff…

En ese momento medio para un coche, me pregunta si todo OK con un movimiento de la mano, le digo que si, me adelanta, lleva una moto en el remolque. Benditas dos ruedas!
La cuestión es que pensando me doy cuanta de la cagada del día anterior. Aquí los boquereles de la gasolina son negros, el diesel verde, al revés que en Europa. Cogí el verde y derramé unas gotas en el depósito antes de darme cuenta de que era gasoil. Bueno, ya pasó. Me acababa de dar cuenta lo que supone realmente ir sola, estar sin nadie, sin cobertura, sin …

Adiós Monument Valley

Despierto temprano, quiero llegar a Yellowston Park. Hace mucho frío y no tengo la ropa adecuada, hasta 13 grados resisto bien, pero luego…empiezo a tiritar. El parque está más lejos de lo que creía. Las montañas llenas de nieve. La temperatura baja. Llego a una carreterilla de acceso al parque, están en obras, no abrirán el paso hasta dentro de dos horas…decido irme. Lo puedo ver a la vuelta…o será un lugar para visitar después del viaje. Muchas veces hay que sacrificar lo que queremos ver si la premura es el llegar.

Una Menina de Piedra

Paro a repostar y miro un mapa, quiero llegar a Spanish Fork, un pueblecillo entre las blancas montañas y al lado de un río. El nombre del pueblo “tenedor español” me hace gracia, está en la parte alta de un valle rodeado de cumbres blancas con un río de fuerte corriente y agua clara. Llego casi cuando cae el sol. No me gusta conducir de noche. Estoy cansada, ceno, bebo y me voy a dormir. Al día siguiente el sol brilla, ¡menos mal! me queda Oregón con sus campos y vacas y un paso de montaña, quiero dormir esta vez en Seattle.

En la carretera, foto realizada con la cámara MIDLAND

Cuando vuelvo a parar para reportar un señor en una Harley se pone a hablar conmigo, no le entiendo muy bien, pero decidimos ir juntos hasta la ciudad. Antes de elegir un hotelillo le hago una seña para parar y echar gasolina, viene conmigo, me dice algo que no entiendo pero que comprendo, me está preguntando si busco un hotel. Con él. Si claro, sin problema, le explico que de presupuesto tengo 50 dólares con desayuno. Le sigo hasta uno de los mil hoteles de carretera y se dirige a la recepción. Habla con la chica y le da dos llaves. Me giro y pregunto por mi habitación. Él me mira raro…en ese momento lo entiendo todo, joder! que yo no voy a dormir en la habitación con un señor que no conozco por muy motorista y dando la vuelta al mundo sin un duro que esté!.

EL harlysta y la bemeuvista

Declino su invitación, me pongo a preguntar por la mía y me dice que si cenamos juntos. En treinta minutos abajo, le digo. Se queda mirando, me dan una habitación al lado de la suya. No me gusta, cuando estoy a punto de entrar en el ascensor, hago un giro rápido de caderas y le dejo allí plantado, en el ascensor. Pido que me cambian de piso, él vuelve a salir del ascensor, joder que persecución, me pilla cambiando de habitación, eludo a la señal del internet que en la planta 1 es mejor que en la 3 y me deja en paz.

Carteles de casco requerido, disparada con mi cámara MIDLAND

Cuando bajo a recepción han cerrado el bar. Le indico que vayamos andando a algún lugar a cenar y me suelta que al Jonh in a Box, que es como un burguer, vamos, pillamos papeo (menos de 5 dólares la ensalada, debe ser radioactivo todo) y me vuelve a decir que si comemos en la habitación. Y dale. No, comemos en la recepción y luego cada mochuelo a su olivo. Me pregunta por la ruta de mañana y le digo que prefiero viajar sola. No se que ha pasado, ¿cuando metí la pata para que este señor creyera que iba a compartir habitación?? En fin.

Encuentros..

Salgo hacia la frontera, no me queda nada para llegar a Canadá, la emoción de pasar una aduana se va haciendo grande… Antes, decido parar a hacer una foto en un lugar que he visto un bonito cartel. En ese momento pasan dos motos y un Spyder. Paran al verme y me saludan. Me dicen que si me acuerdo de ellos, la verdad es que no. Pero decidimos ir a tomar un café, por el camino me estrujo el cerebro, pienso y traduzco cada una de las palabras que me han dicho cuando nos hemos visto.

Al rato caigo. Son la familia que compraron una moto en Los Angeles a Nick, el fotógrafo que me acogió. Son de Seattle, es verdad y de pura suerte, me los he encontrado. Nos reímos al solecito en una bonita terraza, hablo con las dos mujeres del Spyder y tras una hora larga, nos ponemos en marcha. ¡Que bueno encontrarse con gente así!!

En la frontera EEUU-CANADA

Estoy a unos metros de la frontera. Los coches y yo, hacemos largas filas para pasar entre las garitas. Cuando me toca me preguntan por las cámaras, ¿Estás grabando? No, miento. Miran mi pasaporte, la matrícula de la moto y me hacen las preguntas de rigor. Ya está. estoy en tierra Canadiense, ha sido mucho más fácil de lo que pensé.


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La viajera Alicia Sornosa ha vuelto a conseguir realizar un reto que se propuso el pasado mes de marzo en la isla de Tasmania (Australia), unir en el viaje los dos puntos del Mundo, el océano Antártico con el Ártico. Por fin lo ha conseguido.

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Lunes, 18 de Febrero de 2013 21:19

Alicia continúa por La carretera Austral

Desde hace unos días la aventurera lleva viajando entre Chile y Argentina. Ha pasado ya por lugares míticos como Puerto Montt en Chile y parte de la Patagonia Argenitna, como Bariloche, El Bolsón y el tranquilo pueblo de Esquel, donde visitó su antigua estación de tren, un ferrocarril de vía estrecha* que cumple con su recorrido entre las montañas desde hace más de 100 años y que aunque ahora con gas como combustible, su locomotora sigue expulsando vapor al aire.

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